Durante este final de año escribiremos varios artículos sobre el legado que el ingeniero de caminos José Antonio Fernández Ordóñez nos ha dejado. Ésta es la primera de una serie de entradas.

La mayor parte de la información de los artículos forma parte de la tesina de especialidad “Relación entre la obra de José Antonio Fernández Ordóñez y Eduardo Chillida Juantegui”, escrita por Guillem Collell Mundet y dirigida por Salvador Tarragó Cid en 2005.

José Antonio Fernández Ordónez (font).

José Antonio Fernández Ordónez (fuente).

“¿Qué sería de nosotros, di si no existieran los puentes?”
Pedro Salinas

José Antonio Fernández Ordóñez, ingeniero de caminos, veía y concebía su obra como algo eterno, sobreviviendo al paso de los siglos, no pensaba en nada efímero. Así aún restan presentes sus sueños, pasiones, puentes y palabras.

Nació en Madrid el 18 de Noviembre de 1933. Su educación estuvo marcada por el año que pasó curándose de una grave enfermedad. Es cuando sus hermanos, su padre y el párroco del pueblo le traían libros para que leyera, reflexionara y adquiriera criterios propios.

Le costó cuatro años ingresar en la Escuela de Caminos de Madrid, pero no fue hasta los últimos cursos, donde algunos profesores le hicieron amar la profesión. En las clases de los profesores José Entrecanales y Eduardo Torroja adquirió “la vocación, no por la transmisión de conocimientos sino por la visión de la vida profesional que aprendía con ellos: el amor a lo bien hecho, la tentación del riesgo y su contrapeso en la seguridad de las obras, la honradez en la utilización del dinero ajeno, la manera ética y digna, en resumen, de entender la profesión” [1].

Obtiene el título de ingeniero de Caminos 1959 y siete años más tarde el grado de doctor ingeniero.

José Antonio Fernández Ordóñez supo conjugar el mundo de la teoría con el de la práctica a lo largo de toda su carrera profesional. Su verdadera vocación y su mayor contribución al mundo de la ingeniería fue su gran cultura y sensibilidad, lo cual le llevó a realizar tareas muy dispares.

En la Escuela Superior de Ingenieros de Caminos Canales y Puertos, siguiendo la tarea profesional de los profesores Lucio del Valle, Tomás García-Diego y Santiago Castro Cardús, José Antonio Fernández Ordóñez impartió una enseñanza con un carácter humanista muy marcada. Primero empezó como adjunto de Santiago Castro y en 1981 creó la Cátedra de Arte y Estética de la Ingeniería en la Escuela de Madrid. Como profesor defendía desde el primer año de aprendizaje una enseñanza que acercara al estudiante al proyecto constructivo y al conocimiento del medio natural que lo integra. También le daba mucha importancia a la formación de la sensibilidad mediante un conocimiento del arte y el amor por las formas, todo partiendo del pasado, es decir, de los grandes ingenieros de la historia.

En 1974 fue nombrado presidente del Colegio de Caminos Canales y Puertos. Su nombramiento estuvo rodeado de una enorme tensión política y casi fue más celebrado por el mundo de la cultura que por el del cuerpo de ingenieros. Fue elegido como representante de un grupo de jóvenes profesionales con ganas de romper con las políticas continuistas que venían imperando. Revitalizó el funcionamiento del Colegio abriéndolo a la sociedad y a la participación democrática. Impulsó la redacción de revistas, exposiciones, conferencias, libros y todo tipo de elementos que ayudaron a difundir la ingeniería de caminos desde un punto de vista cultural. Renovó los valores de los profesionales de la ingeniería. Participó en la transición política de modo muy activo, así como en pronunciamientos ecológicos como el Informe sobre el Parque de Doñana o el Manifiesto del Agua. Su mandato terminó en 1979 pero asesoró al Colegio y a su Presidente en los años siguientes. En definitiva, creó un estilo nuevo que estimuló y aireó la institución.

Su incursión en el mundo de las artes y la cultura no sólo se quedó en un plano técnico, en 1988 fue nombrado Académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, ayudó a crear la Fundación Juanelo Turriano dedicada a la investigación científica y en 1994 fue nombrado Presidente del Real Patronato del Museo del Prado.

Con su enorme energía y vitalidad a la hora de defender sus ideas también supo llevar a la ingeniería todo el mundo poético y artístico que había vivido o estudiado. Desde 1964, y junto con Julio Martínez Calzón, se fueron especializando en la proyección de puentes, haciendo rehabilitaciones y nuevas intervenciones muy significativas.

>Pont Juan Bravo, Passeig de la Castellana. Madrid.

>Puente Juan Bravo, Paseo de la Castellana. Madrid.

Referencia:
[1] FERNÁNDEZ ORDÓÑEZ, José Antonio (1993). Profesiones. Conocer y Ejercer. La Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Hablando con José Antonio Fernández Ordóñez. Acento Editorial.

 

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